martes, 10 de febrero de 2009

Andanzas de un soñador


A veces aunque yo no quiera,la magia que provoca la máquina del tiempo de nuestros pensamientos, me hace viajar y sin visa aparente, me ubica en alguna vivencia pasada.
Recordé entonces algo pintoresco, mi génesis en los menesteres del amor, pero con aquella dosis inminente y casta de pureza e ingenuidad de aquellos años donde florecía a fuego lento el arte de mostrarme en detalles escritos, cuando mi inmadura existencia apenas sabía expresarse.
Reviví entre carcajadas y nostalgia, las cosas comunes que solía hacer con mis amores primeros: Llamadas hasta altas horas de la noche, sin la privacidad que hoy en día dan los celulares y con mi madre profiriendo improperios por mis extensas y sensuales tertulias telefónicas que a veces saludaban a la madrugada, porque se hace más interesante a esas horas abrir el corazón, las ganas se alborotan y la afluencia hormonal comienzan a recordarte que estás vivo.

Los papelitos con mensajes amorosos, sorpresivos, solía escribir varios, los convertía en diminutos puntos de papel y los lanzaba como misiles de cariño que pintaba brillos enamorados en los ojos de las dueñas de mis afectos.
Mi madre y su amor por la jardinería, contribuyó tanto a mis fines de conquista, tenía una colección de claveles que florecían y que motivaban mi labor de romántico enamorado, secuestraba uno cada día y siempre iba a parar en las manos de alguna musa, esto claro, previo a un beso de recompensa por la tierna labor de robarme claveles.
Y siempre aspiraba un aire bohemio al escribir cuando me entregaba a un sentir, tomaba la guitarra, me dedicaba a componer melodías que eran como el sello que identificaba un amor intenso nacido en el momento.
Ah y qué decir de aquellos primeros besos, los preliminares, esas lecciones bucales húmedas de caricias en labios donde se afinaban a medida que las repeticiones eran mas constantes y sentidas.

¿Y cuando había rupturas? ¿Cuándo te mandaban por un tubo? O como se dice por aquí ¿Y cuando te daban el palo? Eso era fatídico en esos años, ahora me causa risa recordarlo.
Cuando eso pasaba, el mundo se me venía abajo, una ráfaga de lágrimas intermitentes desahogaban la pena y el corazón atribulado por la tristeza. No sé si es que era masoquista, pero buscaba escuchar canciones tristes de esas corta venas para hacer más liberadora la labor de expulsar la casi punzante melancolía de desprenderme de esos amores breves.
Los regalos, los detalles, las rosas rojas, los peluches, las cajas de música, las cartas de amor escritas con el alma, con muchos errores expresivos probablemente, pero llenas de sentimiento.

Hoy el tiempo ha evolucionado, ha hecho camino y el amor sigue siendo predominante en mi vida, no soy tan masoquista como en aquellos primeros años, sigo contando con aquel potencial para explotar en palabras mis pasiones, tocando, seduciendo, enamorando.
Ha progresado el mundo, la sociedad y los afectos han sufrido una extraña metamorfósis, sin embargo, recordar aquellos vírgenes momentos de plenitud e inocencia afectiva, logra a veces dibujarme sonrisas que no se borran fácilmente ni de mi rostro, ni de mi corazón.
Un abrazo

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