miércoles, 28 de enero de 2009

La inocencia que perdona


Una lágrima expresiva, resentida, se deslizó sola por aquel rostro tierno y unas sonrojadas mejillas delataban su tristeza.
En su corazón de ángel, una gota de resquemor afloró sin querer y nadie impedía que su frágil corazoncito desahogara emociones, en un llanto callado para expiar sus lamentos.La niña de vivaz sonrisa había sido castigada, su padre, callado, lamentaba el momento.
Por dentro se encontraba en la encrucijada de: Eternizarse en abrazos, en besos, en incontables te amo ó mantenerse firme e inquebrantable para dejar moraleja y corregir a la pequeña.

Mientras tanto, ella esconde su carita, se escabulle, le aparta la mirada, por breves segundos levanta la barbilla intentando ubicar al castigador, que aunque duro, se le desparrama el corazón en suspiros, necesitando de sus manitas que se prendan de su cuello en ternuras invaluables que le inyectan tanta vida.
No se hablan, sus ojitos en huelga de afectos no quieren mirarle.
-No debió levantarme la voz, Piensa. No a mi, a su princesa, Medita.
El a su vez, se le vuelve ya tortura el silencio, no hace más que desvivirse en payasadas, intentando provocar con alguna, llamar su atención y obtener de repente una estruendosa carcajada que suspenda el embargo de alegrías que la niña ha levantado a su verdugo de palabras lastimeras.
Súbitamente el la mira arrepentido, reconoce quizás que su voz no debió proferir los regaños de la manera en que lo hizo, es que a veces los padres olvidamos el susceptible mundo de los mas pequeños, tan lleno de sonrisas y despreocupaciones, de alegrías inalterables.
Una tregua breve forzada, el se acerca, toma entre sus brazos aquel cuerpecito estilizado con aroma a recién nacido, le aprisiona, de pronto unas manitas se enrollan en su cuello, acompañado de una lluvia imparable de besitos tiernos, de esos que perdonan, que embelesan , que nos hacen los reyes del mundo en ese incomparable momento.

El ha sido perdonado, su arrepentimiento fue premiado con una ráfaga constante de muchos “Te quiero papá”, que aun suenan a cielo, en un timbre de voz que doblega al indomable.
Ahora ella está ahí feliz, sentada jugando en su mundo imaginario de muñecas y sonríe hablando sola, la contemplo yo, el verdugo arrepentido, sonrío, me le acerco, me sumerjo en su mundo, le pido acceso, me lo da.
No quiero más, lo tengo todo, Tuve su perdón.

Un abrazo

1 comentario:

Mercy dijo...

Que hermoso detenerse a reflexionar sobre esto, las presiones a veces nos vuelven duros, y nos olvidamos un poquito de lo mucho que nos necesitan, decia alguien por ahi, que a los hijos lo que hay que darles es amor...sos un gran padre, excelente trabajo...Saludos!