lunes, 29 de diciembre de 2008

El exilio afectivo de un ángel



Camino incierto sin predecir el rumbo que mis pasos dibujan, solo entiendo que mi destino es aquel ángel de alas blancas que perdió por amor, las virtudes divinas, el ser inmortal y mantenerse en la gracia del cielo.
Vivo culpable del pecado de desearla, de haber provocado su exilio y enfrentarla con el lado humano de saberse mujer y entregarse a la esclavitud de una pasión penada por las leyes divinas.
Si su identidad me hubiera sido revelada, habría frenado la tentación asfixiante, ansiosa y desafiante que su belleza adorada lograba provocarme.
Jamás mis labios volverían a ser cómplices de un beso furtivo, intenso y vivido que fundió en una sola llama su boca y la mía.
Debí haberlo prevenido, debí vaticinarlo al percibir en su mirada, un brillo virginal lleno de ternura, de aquella que había olvidado descubrir en ojos de mujer y que al sentir la fuerza de sus pupilas, me ponía en aprietos, despertando ansiedades a este corazón subversivo de sentimientos y emociones.


Aun recuerdo cuando mis manos sintieron entre las suyas la suavidad de su piel de seda, su aroma hechizante que al aspirarlo, era como apresar por completo mis mas privados pensamientos.
Volví a buscarla con lágrimas en los ojos al enterarme de mi pecado y de la identidad callada que su belleza guardaba.
No la encontré, en el ambiente, un aire a tristeza denso me apresaba, me ahogaba y en la esquina de aquel espacio olvidado, unas alas blancas yacían recostadas sobre el helado suelo que cobijaba la casa.
No pude resistir el deseo de abrazarlas a mi pecho, intentando imaginar que era ella a quien consentía en silencio.
Repentinamente, un viento violento abrió de par en par la puerta de entrada, dejando un lamento que se disipaba aunque lastimaba.
Imagine talvez sentir en la brisa, un tímido beso, mezclado de una lágrima lastimera que tenía el sabor de sus labios.
El silencio fue mi cómplice y entre un profundo suspiro lleno de total melancolía, pude darme cuenta que era el momento de la despedida.
Por eso cuando siento que la vida se rebela y me castiga, cierro los ojos y tomo un profundo respiro y es entonces que, un viento sigilosamente besa mi frente y sonrío, creyendo por un breve y certero momento que el ángel esta ahí cerca de mí para cambiar en sonrisas, lamentos.

Un abrazo

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